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El pirata y la bruja

Cuento escrito en la bella isla de Ibiza.

En Ibiza afortunadamente todavía hay habitantes viajeros, mutantes e inquietos que emplean su tiempo disfrutando de su propia fantasía y creatividad, pintando tocando o escribiendo como en el caso de Gedeón y Soledad que ahora mismo están aquí y quizás pronto estarán allá.

El pirata y la bruja

Un barco veis surcar los siete mares,
con hombres que parecen militares.
Miradlos más de cerca, son piratas.
Invaden otros barcos como ratas.

Allí se apoderan del tesoro
de jade o de plata o de oro.
Y para preparar el robo antes,
se atan sin merced los tripulantes.
De tales agresiones hacen muchas,
Y siempre vencen ellos en las luchas.

Un día se acaba esa suerte;
pues algo hay que siempre queda fuerte:
el cielo pone fin a su acción,
con ímpetu les lleva un tifón.

Con esa tempestad y sus trabajos
las velas se convierten en andrajos,
las jarcias, sin parar, se van rompiendo,
el mástil se derrumba con estruendo,
el casco se quebranta y naufraga,
con fuerza el océano lo traga.
Los hombres del espíritu salvaje
Se quedan a merced del oleaje.

Morir es el destino del pirata,
y sólo el más fuerte se rescata.
Tan fuerte y mañoso en regatas
que era capitán de los piratas.
Aquél, después de días de nadar,
divisa una isla en el mar.

Olé, la poca fuerza que le queda,
la junta, se esfuerza lo que pueda.
Y llega al islote despoblado,
a salvo, queda sólo desmayado.
Y duerme, agotado de la pena,
tres días en su cama de arena.

Un cambio de su suerte se dibuja:
habita esa isla una bruja.
Sabéis quizás lo útiles que son,
mas ésta es de sucio corazón.
Y busca, en su bola de cristal,
a quien hacerle daño con un mal.

Ahora, con su ira insensata,
descubre en su bola al pirata.
No sabe su oficio, por supuesto,
un náufrago podría ser honesto.

Se marcha y encuentra la escena,
y ve al capitán en la arena,
durmiendo, rescatado de la mar.
Decide que lo quiere atacar.

En esa situación de desafío,
le entra un extraño desvarío,
mirando la sonrisa del varón,
se prenda de amor con gran pasión.

Mirándose, se vuelve ella loca,
vergüenza por ser fea la sofoca.
Un miedo de su cara la supera,
así la pobre bruja desespera.

Con todo ese miedo que la vea,
le viene de repente la idea:
acude a la diosa del amor
que preste con su magia esplendor.

Le presta el aspecto de un hada,
sonriendo y su piel es plateada,
con luminosidad en cada ojo,
pecosa con precioso pelo rojo.
Así, con esa bella apariencia,
le entra una nueva inocencia.

Con toda su pasión, a todo plan,
despierta al valiente capitán.
El hombre, despertado, ve al hada,
se ve un resplandor en su mirada.
La magia de la diosa lo engaña,
así a la mujer la acompaña.
Los dos están con muchas ilusiones,
así que se reúnen corazones.

La magia, sin embargo, es burbuja:
por dentro queda fea nuestra bruja.
Pues sale en un rato la verdad:
le vuelve su antigua fealdad.
Tan fea que el hombre se espanta,
tampoco un pirata lo aguanta.

La bruja queda desenmascarada.
El pobre capitán perdió al hada.
Por tanto, ese mismo queda triste,
notando que su hada no existe.
La vida de la bruja no es bella
si ama él al hada, no a ella.

La bruja, con las lágrimas que lleva,
se va y se refugia en su cueva.
Tres años llora, llora, sólo llora.
Así, sin darse cuenta, se mejora.

Las lágrimas ofrecen bendición,
le limpian su maldito corazón,
le quitan su hollín y alquitrán,
sus planes terroríficos se van.

Su cara es graciosa y rosada,
circunda una boca encarnada,
hermosa como una mariposa,
de nuevo pelirroja y pecosa.

Le falta solamente darse cuenta,
sin eso, ella sigue descontenta.
En llantos, se agota su potencia
que pierde en su cueva su consciencia.

El hombre, en los años mientras tanto,
no logra olvidarse del espanto.
No sabe aclarar consigo mismo:
¿fantasma?, ¿fuego fatuo?, ¿espejismo?

Se pierde en tristeza él también
y anda por la isla en vaivén.
Se nutre de arroyos y pescados,
de frutos de los árboles y prados.
Tres años queda solo en tristeza,
tres años que sin ánimo tropieza.

Un día, en alguna pista nueva,
con lágrimas, descubre una cueva.
Qué suerte que camina hacia dentro.
En ésa, de repente, en su centro,
encuentra a la bruja desmayada
–y otra vez la toma por un hada–,
tranquila y sin odio ni maldad.
No sabe si es sueño o verdad.

Ahora él empieza una charla
con fija intención de despertarla.
Es tierno al tocar su pelo rojo.
Ahora ella guiña con un ojo.
Y pierde cada miedo a un drama,
pues nota que es ella la que ama.

No quiere esconderle nada, nada:
confiesa que es bruja, no es hada.
Él dice que las brujas le encantan,
que sólo a los necios les espantan.
Por cierto, le añade una cosa:
que ella es la bruja más hermosa.

Le besa la mejilla con las pecas.
La bruja le agarra las muñecas.
El cálido pirata la corteja.
La bruja acaricia su oreja.
Abraza al pirata con temblor.
Los dos están felices con amor.

Tres años la mujer y el varón
disfrutan de su vida y pasión.
La bruja es experta del lugar,
conoce muchas plantas que usar.
Se nutren de semillas y raíces;
tres años son los seres más felices.

Un día aparece de la nada
un hombre que al verlos se enfada
y chilla con la voz de una rata:
“¡Revélate que eres un pirata
que hace unos años atracó
un barco… en el cual estaba yo!”

Sin nada el pirata le confiesa
que era capitán de la empresa.
La bruja se asusta y se queja,
pregunta mientras frunce una ceja:
“¿Pirata eres? ¿O es un capricho?
¿Por qué, amor, jamás me lo has dicho?”
El hombre le replica por su lado:
“Y tú, ¿por qué jamás has preguntado?”

El otro le presenta su espada.
Le muestra una cara enfadada.
Despacio, sin escrúpulos, avanza,
lo reta a la lucha de venganza.

Y claro, el pirata se asusta.
Declara que la lucha no es justa.
El otro dice: “¡Eso viene tarde!
¡Sin armas te conviertes en cobarde!
Que antes, al nivel de capitán,
luchabas con el máximo afán.
Con tanto que sufrí por ti, tu cara
me queda en recuerdo más que clara.
Ahora nos enfrenta el destino:
pirata y su víctima marino.
De náufrago llegué a tu lugar.
Entiendo que te tengo que matar.”

El pobre ya no sabe qué decir
y siente un impulso de huir.
Entiende que sería la huida
de propios grandes fallos de su vida.
Demuestra de repente compasión:
“Verdad que me criticas con razón:
vivía como ávido pirata,
robaba tanto oro como plata,
por eso con mis crímenes violentos
hacía un montón de sufrimientos.
Así que me merezco esta muerte.
Pues mátame, que tengas mucha suerte.”

La bruja se acerca sin pavor,
sonriéndole, al desafiador.
Le pone una mano en un hombro,
y ése queda blando con asombro.

“La gente me había maltratado,
por eso me bañaba en enfado.
La vida me dolía fuertemente,
y yo hacía daños a la gente.
Yo era de las brujas la peor;
y ya me ha sanado el amor.”

Y toma la palabra el pirata,
con timbre de ternura le relata:
“Y aunque no lo sepas tú aún,
tenemos una cosa en común
que vale para ti y para mí:
llegamos como náufragos aquí.”

Se rinde él y ya no se enfada
y tira a lo lejos su espada.
Contesta: “Lo que pasa, os entiendo,
también he hecho fallos y aprendo.
Qué bien que nos reúna el destino:
dos náufragos, un único camino.

En cuanto a las brujas: me encantan
con hierbas terapéuticas que plantan.
A punto de morir estaba yo,
enfermo, una bruja me salvó.”
Le besa a la bruja la nariz,
abraza al varón… y es feliz.

Vosotros escucháis y sois testigos:
los viejos enemigos son amigos.
Os toca relatar qué hay después:
¿Qué pasa en la isla con los tres?

Escrito por Gereon Janzing y Sol Ortega Taboada

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